domingo 18 de mayo de 2008

Eramos cuatro y uno más que hacía una aparición especial cada media hora. Nos describía todas las maneras en que podría violar a su abuela, nos hablaba del tamaño de sus nalgas y de lo hija de la chingada que era. Usaba la palabra pendejos para referirse a su vello púbico y daba permiso a quien lo escuchara de imaginarse como la violaba y de sugerir nuevas maneras o de participar en el atentado imaginario. Después habló de matarla.
Yo decía:

--Pero cómo es posible que digas eso de tu abuela, si las abuelas son intocables y buenas?
--Mi abuela es una cabrona, la hija de la chingada se merece eso y más, y estaría encantada la muy culera.

Las risas estallaban y él salía para volver media hora después, aún más borracho, aún más pirata, con las mejores historias pornográficas actuadas entre ademanes obscenos y carcajadas retorcidas.

Teníamos que irnos, nuestra pequeña fiesta decaía y ya no nos interesaban las historias de Pepe el Toro que un hombre llamado Corazón nos contó hasta el aburrimiento. Salimos, yo no estaba en condiciones de manejar y ella se reía de mí.

--Vamos a la Quinceañera?
--No sé donde es...
--Pues la buscamos no?

Allá fuimos, llegamos a un salón, había dos policías en la puerta y gente afuera. No sé si dimos las buenas noches. Yo buscaba alguna cara familiar, mi mamá, una tía, mi hija con su vestido rosa, pero nada, hasta que vi a una mujer de vestido blanco y un hombre de traje negro. Estábamos en la pista de baile cuando me dí cuenta de que eso no era una quinceañera, sino una boda, se lo dije y ella sólo me respondió:

--No importa, vamos a bailar!

Y bailamos, o algo así, aunque yo no quería, la gente nos miraba, nadie nos conocía. Tuve el temor de que llegara el policía a sacarnos. Volvimos a manejar hasta encontrar la verdadera quinceañera familiar y volvimos a bailar: twist, cumbia, yo que sé. En algún momento algún amigo de algún primo se puso de rodillas frente a mí en un extraño paso de baile que me hizo retroceder y pensar en la comodidad del pudor y la civilidad del respeto al espacio personal propio y ajeno.