Ahora vivo al lado de la biblioteca donde nunca hay parking. Cocino en espirales calientes. Tengo una tina, siempre quise una tina (no es mía. bueno, sí. por un rato, como todo). Atravieso a diario la frontera en un carro eléctrico. Soy un extraño caso de migración circular; por las mañanas cruzo al sur; por las tardes al norte. Estoy loca. Casi no tengo muebles. Gano en pesos, gasto en dólares. No hablo con los vecinos, pero sonrío. Tengo flores y ramas de eucalipto en la mesa. Me tropiezo con Carmen Boullosa dos veces en el mismo día y la evito. Casi no camino por la noche, pero las flores al oscurecer, y los cachitos de madera en los jardines, y el pasto pardo de mi casa y el tapete a cuadros de Rubick y mi conspiración que sigue viva (No hay enemigo pequeño, no lo olvide usted).
Llamo a casa del sur, visito mi otra casa, alimento a la perra, sacudo las agujas de pino de mi otro carro, saco la basura, recuerdo que ya no fumo.
El padre sigue sin morise, la madre lo mantiene vivo. Nuestros personajes son ridículos: el tirano moribundo, la conciliadora, la mártir, la criticona, el ausente, el pasivo-agresivo; hermosa familia de foto.
A mi madre le parece siniestro que la lleve a cotizar el funeral de mi padre. Me da risa que a los de la funeraria no les guste perder el tiempo con la gente que sonríe. Quieren caras deshechas, manos autómatas que firman cheques, dedos laxos que no saben contar dinero, quieren frases como: "aquí, entiérrelo, no quiero saber nada". Desprecian a los que preguntamos por el precio sin el muerto.
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