domingo, 26 de febrero de 2012

Es el ala de los viejos de cuero duro. Aquí están los diabéticos, los dialíticos, los postrados. Las camas de metal oxidado suben y bajan esos colchones cubiertos con lona de plástico gruesa, igual a la que se usa  para la publicidad de las campañas políticas. Las sábanas de algodón huelen a desinfectante industrial. Los viejos cubiertos de cobijas verdes se quejan, mi padre llora, gime, carraspea la garganta llena de gargajos, los pone sobre sus labios y los limpio. Me recuerdo como una mujer que cuida a un bebé. Mi padre vuelto a los pañales y a los balbuceos se arranca las sondas de la nariz y de los brazos, lo hace hasta que lo amarran a la cama.

El viejo me ruega cientos de veces que lo desate, dice "por favor" hasta que se duerme. Nunca le digo que no. Le digo: Sí, al ratito, en un ratito más, pa. Ahorita que me digan que ya puedo, te desato ¿Te lastima? Mi padre grita un ay que provoca sonrisas en el cuarto y le digo:

--Jefe, eso no se lo creyó nadie.

Le pregunto si quiere que le lea, le llevo toda la obra de su paisano, Juan Rulfo. Toda, como si fuera tanta. El libro pesa como tres kilos, pero la obra de Rulfo dentro de él ha de pesar como 200 gramos. No quiere lectura, así que leo en silencio algunos relatos y recuerdo a las tías. Pienso en mi padre muerto de hambre abandonando Tonaya con el dinero que consiguió al vender una marranita que se encontró en el campo. Veo en los personajes de Rulfo a los abuelos, a los tíos y me llega todo el paisaje reseco del "campo de aviación" lleno de hormigueros hambrientos. A ese lugar íbamos por las tardes a ver cómo los adultos jugaban al beisbol (nunca supe por qué le decían "campo de aviación", era nomás una planicie sin nada, en la que imagino alguna vez aterrizó un avión). Así eran mis vacaciones de chica. En Tonaya la gente decía que veníamos del norte. Yo era casi extranjera. Mis zapatos de plástico chino provocaban admiración al pasar por las calles empedradas.

Recuerdo las tardes de domingo en la plaza de Tonaya después de misa, el cine donde volaban los sombreros cuando aparecía en la pantalla alguna mujer de ropa chiquita y pienso que cuando volví hace pocos años ya no había cine. Mi tía Lupe me explicó que los dividís se lo acabaron. Ahora en la plaza ya no se venden cacahuates de a litro, ni hay carros churreros. El único que sigue vendiendo ahí es mi primo, su puesto de tacos es un éxito desde hace décadas. En el pueblo ya olvidaron su nombre, sólo los Mancilla sabemos que se llama Jesús, para los demás el hombre de los tacos es "El Tijuana".

Pauso la lectura imaginando lo qué diría Rulfo de lo que pasó con las casas chaparras tras la migración al norte. Los que volvieron a Tonaya forrados de dólares construyeron casas al estilo de California, sin cerca y rodeadas de pasto, con palmeras al frente y candiles de foquitos amarillos.

Mi padre delira, me dice:

--Dame un peón, dame un solar.

Es la segunda vez que voy a cuidarlo en el hospital, mi madre dice que no habla. Es extraño porque cuando he ido, siempre habla un rato, a veces tiene sentido lo que dice, a veces no. Hace años que yo no hablaba con él. Hablaba, pues, lo normal. El saludo y alejarme rápido porque no había caso.

A ratos camino por los pasillos, me asomo por las ventanas. Tijuana atardece, el este se llena de gente que camina, el tráfico rodea al hospital. Un viejo igual que el mío yace de lado, sus testículos se le asoman entre las piernas, los veo. Me recuerda a un león flaco que muere y siento pena. Veo a todos esos  viejos miserables y no sé que sentir. Mi cuero se hace duro como el de ellos. Sólo me queda volver a mi silla a leer y a pensar que Rulfo era un viejo igual que estos.

2 mugre:

sarco dijo...

Surcar la vida, las velas extendidas y el viento en la cara. Hundir la quilla en este mar infinito, sin miedo al abismo sideral. Surcar lo que venga sin mirar. Tu luz en el norte, cuando el crepúsculo lo cubra todo, me verás, surcar y surcar.

Nancyhuatl Roja dijo...

Muy buena cronica, saludos Lore. Nancy