Pasé varias noches ahí, desde que iba a la universidad, era un lugar más pacífico que la casa de mis padres para preparar trabajos finales. No dormía, me quedaba toda la noche escribiendo, sola. En la bodega había un sofá que se convertía en cama y si me llegaba el sueño, ahí dormía. En ese tiempo todavía no era mía, pero siempre tuve las llaves y la libertad de llegar cuando me pareciera.
Durante varios años recibí a diario la visita de Ron Gláubitz, que tenía la rutina de pasar por un café y hablar mientras yo me maquillaba o hacia algo de joyería. Siempre llegaban otros amigos Daniela Gallois tenía su botella de tequila de reserva en la bodega y pasaba en casos de cruda extrema. El día se me iba entre las visitas, el café, los clientes, las tareas, las lecturas, el humidor, los habanos chiqueados y cuidados como bebés recién nacidos.
No puedo pensar en algo que no haya ocurrido en ella; robos, gente desnuda, un funeral, las mejores fiestas, los mejores amigos, las mejores pláticas, el sofá más cómodo, fue la cuna de mi hija y su playground, fue mi sala, mi refugio con todos los seguros puestos. Fue todas mis angustias, me dio una úlcera y una arritmia cardiaca, un ataque de pánico, un par de multas y hasta una demanda que no procedió por fortuna.
Me hizo adulta, responsable, me enseñó a pagar impuestos, a hacer contabilidad, a contrabandear habanos, me llevó a Pinar del Río y me paseó por toda la Habana, me dio dinero para hacer lo que más me gusta: irme de vaga. Me acompañó en silencio durante las náuseas de embarazada y fue cómplice de quien dejó anónimamente una prueba de embarazo negativa en el clóset del baño, el mismo baño que una vez contuvo a nueve fumadores y el lavabo que una vez mi hermana quebró con la cabeza, se rompio de nuevo ante la presión de los cuerpos que inhalaban y exhamaban arrojando el humo por la ventanita con rejas.
En su bodega acamparon célebres personajes: Laura, Mariana, Rogelio, Yepez, Bernardo, yo.
Qué puedo decirle?
Es muy difícil dejarla. Es muy triste.
Bradley decía que era el centro cultural del pueblo. Pero más que nada era un lugar donde se podía llegar y platicar de lo que sea, con muchas interrupciones que por fortuna pagaban la renta.
Fumadores y señoras de collar llegaban varias veces al día, recibían una lección de historia cubana, del proceso del tabaco, de las marcas y las claves para evitar falsificaciones. Salían encantados y volvían, enviaban a sus amigos, pero todo eso se acabó.
Rosarito fue acribillado desde finales de 2007. Su cadaver yace tendido sobre el boulevard. Son distintas cosas: la violencia, la mala publicidad, la crisis económica, el mal estado de las carreteras, el tráfico y las reparaciones que hacen una pesadilla de el trayecto para llegar aquí, las nuevas leyes norteamericanas, enfocadas a que Estados Unidos se convierta en una cultura aún más aislada, cerrada, temerosa de todo lo no familiar.
¿Qué puedo hacer en contra de todo eso? Los argumentos no sacan los negocios adelante y hoy así como he visto gradualmente a mis vecinos desaparecer, la shop se me va y yo con ella, la guardo en cajas, la vendo, la cierro después de haber estado en ella durante catorce años y de que fuera mía casi nueve.