Estas vacaciones no puse árbol de navidad, sólo amarre unos moños leopardos a Christine, la suculenta más travestida del norte. Apenas abrí la computadora un par de veces, la llevé conmigo a todos lados, eso sí, como los libros que paseo cuando voy de viaje y no leo. Cociné en navidad, pero casi nada; una berenjena, un par de calabazas, unas lechugas con nueces y queso. Ni una sola escena de tensión festiva, la única decisión que hubo con el postre fue dónde comprarlo y no la consulté con nadie.
Durante los primeros días me dio una obsesión por la limpieza; lavé alfombras en la minicasa y en el minidepa, también sofás, ropa. Ventilé la casa muchas veces aunque el frío me engarrotara. Aire. Yo no sé por qué era tan importante. Lavé, limpié, guardé, tiré, me faltó quemar, pero no pierda usted la esperanza, que cerillos tengo. Me compré un archivero negro de lámina pequeño, dentro puse folders, carpetas, cuadernos, planes imaginarios, montones de historias no inolvidables.
Puse arroz en las esquinas de la casa (ningún ritual de nada, ninguna brujería, remedio simple para absorber la humedad y el olor a casa sola.
Compré manzanas verdes, grandes, comí dos.
Corri de un lado al otro de la frontera; un día a Disneylandia, otro a Palm Springs, otro a Ensenada, varios a San Diego, un rato en Redlands, luego a Tijuana, Rosarito. Al cine con Ivonne, a un bar con Rodrigo, a una fiesta de extraños con Manolo, a los viñedos con Keige, a Redlands con Debbie, Gary, Ginny. También fui a celebrar el cumpleaños de Gloria con los amigos que me dejó la Ibero. Un día vi al Ron después de tantos años, otro día vi a la Miriam que me trajo buñuelos michoacanos, un domingo fui a caminar el mercado con la Michi hermosa que se llevó un pedacito de la albahaca de mi casa y que me vio comprar un pequeño librero blanco y un vestido negro por el que pagué quince pesos.
Mandé a la chingada al ensimismamiento y a la abstracción, de esa palabra me quedé con las últimas seis letras. Las reflexiones más profundas se dieron en pláticas con mi madre.
Me hice una lista secreta de lo hecho y lo no hecho, la guardé donde nadie sabe, ni yo.
No revisé las calificaciones que me dieron mis profesores ni las evaluaciones que hicieron sobre mi trabajo mis alumnos. Francamente no me importaron las unas ni las otras (mentira; después de tres semanas vi).
Bebí demasiado poco, pero casi a diario.
Un pendiente era la perra. Hoy la llevé a esterilizar (quisiera un verbo distinto a "castrar", pero no lo encuentro) a la distancia vi cómo el veterinario sacaba con pinzas el tejido rosa de su útero. Describí a mi madre lo ocurrido y no quiso saber, le pareció una cirugía inhumana.
No sé por qué en este momento pienso en la quinceañera de Cristina, ocurrida en 1986. Usé un vestido rosa cosido por mi madre, creo que también tuve una flor en el cabello a modo de fascinator y pinté mis labios de rojo. Bebí sidra en copa de plástico sostenida por manos con guantes de red. El salón donde fue la fiesta era el más barato del pueblo. La madre de Cristina usó sus sábanas y cortinas como manteles. Cerca de el lugar de honor había una mesa cubierta con una cortina que tenía impresiones de los equipos de la NFL. Siempre que veo cosas de fiesta recuerdo los cascos del futbol americano impresos en tela de popelina sobre la que comió algún familiar de la quinceañera. Cristina usó un sombrero. No recuerdo su vestido, quiero pensar que tenía una capa, pero mentiría. No sé si bailé, tampoco recuerdo la música, creo que ni siquiera tengo una foto.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Traje de baño retro '70s azul con bies de fosforesencia naranja que llegó a mí por el '98. Desierto. Nieve en la cima de la montaña. Jacuzzi humeante.
Termino este año en lucha contra los elementos, las contradicciones, en plena huída del frío húmedo de Rosarito, sumergida en agua caliente bajo las estrellas, el cliché se completa con copa de champaña en mano. Nada más cursi, debería darme vergüenza, pero no. Ni tantita.
sábado, 8 de diciembre de 2012
¿En qué momento pasó esto?
Hace muchos años la policía me daba lo mismo.
Hace pocos años, durante la cacería, me daba miedo estar cerca de un policía y quedar en el fuego cruzado.
Ahora tengo miedo de los retenes policiacos, de los checkpoints del aliento, de los espías imaginarios, de las noches desiertas en que manejo sola y mejor me quedo en casa y bebo y trabajo en dos países, dos climas, dos casas, dos camas y me asusto hasta cuando encuentro el desplumadero de una paloma en el patio.
Hace muchos años la policía me daba lo mismo.
Hace pocos años, durante la cacería, me daba miedo estar cerca de un policía y quedar en el fuego cruzado.
Ahora tengo miedo de los retenes policiacos, de los checkpoints del aliento, de los espías imaginarios, de las noches desiertas en que manejo sola y mejor me quedo en casa y bebo y trabajo en dos países, dos climas, dos casas, dos camas y me asusto hasta cuando encuentro el desplumadero de una paloma en el patio.
jueves, 6 de diciembre de 2012
domingo, 25 de noviembre de 2012
Por favor, no deje de leer es el blog de Mizar, Lolo y Lujano, tres escritores jovencísimos que dejaron Tijuana para irse a trabajar como voluntarios con migrantes centroamericanos en la frontera sur de México.
http://minimohastahouston.wordpress.com
http://minimohastahouston.wordpress.com
viernes, 16 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
Hoy que me toca hacer tarea de teoría literaria y que faltan unos segundos para que sean las cuatro de la tarde en este día que huele a primero de enero me encuentro con el paréntesis de uno de mis consentidos: Monsieur Baudrillard.
(la ciencia nunca se sacrifica, siempre ha preferido el homicidio)
(la ciencia nunca se sacrifica, siempre ha preferido el homicidio)
Recordado lo anterior (no sin antes recalcar que soy fiel y no cambio), seguiré en lo mío.
viernes, 9 de noviembre de 2012
Llega la tormenta.
Vivo en una cápsula de aire sellado con olor a hotel. Circulo en cápsulas que se mueven entre cápsulas sobre tierra cubierta de concreto. Trabajo en una isla de cápsulas alfombradas donde el aire artificial entume mis pulmones a la mitad del verano.
(no tomo cápsulas. Prefiero las pastillas que hacen fuerte la sangre. También las que calman intestinos viejos, agujerados de angustias, vestigios del tiempo en que sabía de vergüenzas y de miedos)
Hoy todo vibra.
Hay un hombre que camina sobre la basura a la orilla del lago. Está desnudo. Tiene una pistola. Acaba de desaparecer.
Antes sólo me iba. Ahora digo: no.
Algo ocurre: después de meses, tal vez años, he empezado nuevamente a soñar.
Confieso a RAE que ando volátil, que me hace falta tierrita. Me dice que en Sonora pochar significa arrancar de raíz.
Mi llanta estalla frente a un tope inestable en el freeway ocho. Al teléfono, una negra de voz dulce me pregunta si estoy bien, me dice: "I'm glad you made it". Sé que está entrenada para decir esas cosas (sé que se gana la vida reconfortando a los accidentados, a los chocados, a los histéricos, a los que se desangran, a los que pierden el aire, como yo), pero la siento cerca, conmigo. Sé que si estuviera a mi lado mi mano temblorosa y pálida estaría entre el calor las suyas. Yo observaría fascinada sus uñas rojo brillante.
El seguro recién pagado envía unidad de rescate. Un joven me encuentra al teléfono entre calles de misiones y de valles. Cambia la llanta con cuidado mientras limpio el aceite de mis brazos, me pide que no lo ayude. Le hago plática mientras trabaja, así descubro su origen: inclina la cabeza al decir la palabra "Irak". Le cuento que uno de mis colegas viene de ahí, digo su nombre. Corrige mi pronunciación con una erre similar a la de mi nombre.
Vivo en una cápsula de aire sellado con olor a hotel. Circulo en cápsulas que se mueven entre cápsulas sobre tierra cubierta de concreto. Trabajo en una isla de cápsulas alfombradas donde el aire artificial entume mis pulmones a la mitad del verano.
(no tomo cápsulas. Prefiero las pastillas que hacen fuerte la sangre. También las que calman intestinos viejos, agujerados de angustias, vestigios del tiempo en que sabía de vergüenzas y de miedos)
Hoy todo vibra.
Hay un hombre que camina sobre la basura a la orilla del lago. Está desnudo. Tiene una pistola. Acaba de desaparecer.
Antes sólo me iba. Ahora digo: no.
Algo ocurre: después de meses, tal vez años, he empezado nuevamente a soñar.
Confieso a RAE que ando volátil, que me hace falta tierrita. Me dice que en Sonora pochar significa arrancar de raíz.
Mi llanta estalla frente a un tope inestable en el freeway ocho. Al teléfono, una negra de voz dulce me pregunta si estoy bien, me dice: "I'm glad you made it". Sé que está entrenada para decir esas cosas (sé que se gana la vida reconfortando a los accidentados, a los chocados, a los histéricos, a los que se desangran, a los que pierden el aire, como yo), pero la siento cerca, conmigo. Sé que si estuviera a mi lado mi mano temblorosa y pálida estaría entre el calor las suyas. Yo observaría fascinada sus uñas rojo brillante.
El seguro recién pagado envía unidad de rescate. Un joven me encuentra al teléfono entre calles de misiones y de valles. Cambia la llanta con cuidado mientras limpio el aceite de mis brazos, me pide que no lo ayude. Le hago plática mientras trabaja, así descubro su origen: inclina la cabeza al decir la palabra "Irak". Le cuento que uno de mis colegas viene de ahí, digo su nombre. Corrige mi pronunciación con una erre similar a la de mi nombre.
sábado, 3 de noviembre de 2012
Aquí sólo hay pintura de pavimento en una camiseta, un perro que toma el sol mientras su amo prepara la heroína al amanecer de cualquier día cerca de San Valentín, un jugador de futbol americano que celebra el triunfo con jersey verde, una liga que acaba de caer enredada con otra, dos latas de aerosol desinfectante besándose, un algodón sin maquillaje, doscientas treinta burbujas en una botella de Ciel. Hay olor de lluvia vieja tras las paredes y un día lleno de dudas absurdas.
Allá hay un ciego que quiere saber qué sueñan los que no conocen las imágenes, los colores, el brillo, la luna, el horizonte, las aves cuando vuelan.
En mis oídos hay un temblor como el que siento cuando veo las olas por televisión.
Rosarito vuelve a ser gris, señoras y señores. Hay que caminar a la orilla del mar.
Allá hay un ciego que quiere saber qué sueñan los que no conocen las imágenes, los colores, el brillo, la luna, el horizonte, las aves cuando vuelan.
En mis oídos hay un temblor como el que siento cuando veo las olas por televisión.
Rosarito vuelve a ser gris, señoras y señores. Hay que caminar a la orilla del mar.
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