domingo, 28 de septiembre de 2008




Su voz es la de un Rodolfo: gutural, alcohólica, fumada, aguda, aguardentosa, la de un hombre que está acostumbrado a ser obedecido sin discusión, a dejar clara su autoridad; sin embargo creo que se llama Roberto. En la entrada nos encontramos con él y las chicas que vigilan la puerta: nos da instrucciones, nos dice que debemos decir a las morras que entrar al taller no es obligatorio. Le digo que ellas ya lo saben, que durante la visita pasada se los hicimos saber. Me interrumpe con decisión
para decirme que debo hacer las cosas como él dice, luego habla de manzanas podridas que echarán a perder al grupo, continúa con una letanía que escucho a medias. Vuelve a las indicaciones; ya la vez pasada dijo que no hiceramos caso de las mujeres que dicen ser maltratadas o golpeadas, que lloran pidiendo volver con sus familias, que no olvidemos que todas ellas son adictas y que usarán toda suerte de chantajes con tal de producir nuestra compasión para convencernos de mandar mensajes al exterior, mismos que están prohibidos, cualquier nota debemos entregarla en la puerta, para que ellos tomen
medidas.

Yo envío un mensaje de texto con mi celular mientras todo esto ocurre. Me hago buey porque me encabrona sentirme regañada o mandada, pero estamos en el centro de rehabilitación y él es quien lo dirige, el que permite mi entrada y el que puede impedirla. Entonces, me quedo quieta y callada, continúo jugando con mi teléfono y oigo desde el lugar más lejano de mi pasillo interior cómo Rodolfo o Roberto o Ruperto da indicaciones.

Esme y yo pasamos a la sala de reunión, está oscuro y huele un poco a orines y desinfectante, el olor viene del baño que la vez pasada usé un par de veces y en el que no había lavabo ni papel sanitario, sólo el inodoro, la regadera, el foco, el bote de la basura. En la sala, las morras se sientan, son muchas, les indicamos que las que deseen tomar el taller deben seguirnos al gimnasio. Subimos dos pisos, en el tercero pasamos por el comedor de mesas de picnic blancas, no veo las estufas ni los fregaderos pero todo está muy limpio y ordenado, pegadas a la pared hay cajas con verduras y frutas: calabacitas, tomates, hierbas, repollos, al final de la fila de verduras hay una cajita de naranjas mallugadas y viejas. algunas tienen moho.

El piso del  gimnasio reluce, es gris, de madera, cubierto con alguna superficie polímera. Ponemos nuestras bolsas en la esquina, junto a unas canastas donde hay balones y tapetes de yoga. 


Saco punta a los lápices, llevo treinta copias de una versión del cuestionario Proust, ya sabe usted que soy fan, y que siempre inicio taller con él. Esme tiene planeada una dinámica, nos pondremos todas en círculo, de pie, y cada una presentará a la de al lado. Esme me presenta y me hace lucir como una superhéroe, yo la presento a ella y no sé como hacerlo, digo cosas vagas, que es risueña, que da los mejores abrazos, que le gusta mucho el teatro y bailar, que se acaba de divorciar y que es muy feliz desde que lo hizo, aunque en realidad no sé si es así, no hace mucho que conocí a Esme y esta es la primera vez que estamos juntas fuera de un escenario de fiesta o en una reunión de trabajo o rodeadas por un grupo de amigos.



Las internas se presentan una a la otra, hay quien  tiene siete hijos, otra cuya hija se llama Amber, igual que la mía, hay una que funge como la madre de la más joven: 14 años. La mayor de todas las que asisten a esta sesión tiene 56. Todas visten de azul marino, casi ninguna está maquillada, hay ojeras, ojos hinchados, no sé si de llorar, de malilla o de dormir poco. 


La Esme inicia la sesión, se pone al centro del círculo, yo estoy entre las internas, ella nos dirige a todas y nos pone a hacer cosas que a mí me parecen similares a rituales de brujerías y new age; habla de energía, nos frotamos las manos para generar calor y luego las ponemos a la altura de nuestros hombros, con las palmas hacia las compañeras de al lado, hay una fuerza que se siente, creo que la Esme quiere que compartamos energía, ella dice que estamos todas conectadas, que somos una. No sé pero yo siento algo y no digo nada.

Luego Esme habla de la unicidad, de los estereotipos y los arquetipos, una de las internas habla de los estereotipos en que se las ubica a ellas:

--Somos adictas, entonces robamos, es lo que piensa la gente de nosotras.

Voy vigilando el tiempo, a las 6:45 le digo a Esme que pronto cambiaremos la actividad. Todas estamos sentadas

en el suelo, una de ellas se levanta y va hacia la esquina, nos trae un tapete de yoga para que no estemos en el suelo, algunas más recogen el resto de los tapetes, los comparten.  No dejo de pensar en los estereotipos cuando sé que ellas están cerca de nuestras bolsas, Esme y yo volteamos involuntariamente a vigilarlas, me siento un poco de la chingada cuando Esme acerca nuestras cosas hacia el lugar donde nos encontramos, no le pregunto por que lo hace, puede ser por cualquier motivo, pero creo que buscamos evitar que nos roben alguna cosa.

Reparto lápices y cuestionarios, somos 25 mujeres en círculo. Hay preguntas:

-¿Qué es una virtud?

Luego otra voz:

-¿Qué es un prosista?

Respondo como puedo: con ejemplos, surgen más y más preguntas. Les pido que contesten con libertad y franqueza y que dejen en blanco lo que no quieran responder.

Cada quien se sumerge en su cuestionario, excepto una que no sabe leer, es flaca y alta. Esme la ayuda a responder. Al verla pienso en heroína o cristal, es por la única que siento un poco de pena. Alguien me quiere preguntar pero antes de hablar dice rapidísimo:

--SoyTulaysoyadicta.

No le entiendo, le digo que lo repita, lo hace pero con la misma rapidez, a la tercera vez le entiendo, me pregunta si ahí deben decir que son adictas antes de presentarse, Esme y yo acordamos que no.

Todas van leyendo sus respuestas en voz alta, terminamos con las preguntas:  ¿cuál ha sido el error más grande de tu vida? y ¿cómo deseas que sea tu muerte?  A la primer pregunta casi todas responden situaciones que tiene que ver con el uso de drogas, a algunas les quitaron sus hijos,otras perdieron amores, familia, libertad. Al hablar sobre lamuerte casi todas responden que quieren morir en paz, dormidas. Sólo una sonríe antes de responder. No se intimida, no hay ni un poco de pudor en su cara cuando dice:

--Yo quiero morir haciendo el amor.

Al final hay muchos aplausos.









miércoles, 24 de septiembre de 2008

lunes, 22 de septiembre de 2008

La Línea es un grupo de mujeres que realiza proyectos en común. Ando con ellas desde hace un par de años.

Estos días trabajamos en algo que se llama "El proyecto de las morras", se trata de tener un taller de escritura en un centro de rehabilitación para mujeres. El lugar se llama "El Mezón".

Las mujeres que están ahí son adictas a distintas drogas y están en proceso de rehabilitación, no pueden salir del centro ni tener contacto con el exterior. Ahí siempre se habla de afuera y de adentro. Es un tipo de cárcel-casa, es algo muy extraño, pero hay una cierta calidez y tranquilidad. Quizá es el orden, el olor a desinfectante de pisos, el hecho de que todas sean mujeres, no sé.

Tienen muchas actividades, pero la mayoría se limita a el trabajo, el ejercicio, las pláticas y reuniones de grupo. No tienen ningún tipo de actividades recreativas o artísticas. 

Nuestro proyecto es visitarlas cada sábado, de aquí a diciembre, darles lecturas y ejercicios literarios, llevar a distintos escritores y ver que resulta. Las espectativas son muchas, pero ya veremos qué pasa luego.

El sábado pasado fue la primera visita, fuimos: Abril, Esme, Miriam, Maggie y ésta. Les hablamos un poco de lo que queremos hacer, les dijimos que no tenían la obligación de asistir al taller, nos presentamos y luego les pusimos una película (mega chick flick, les encantó).

Por lo que pude ver y escuchar hay mujeres de 14 a 60 años, hubo quien habló de sus hijos y de su vida, hubo una que me preguntó si soy poeta, también hablaron mujeres cuya lengua materna no era el español, hubo L.A., S.D., pero mas que nada TJ. Fue un encuentro muy curada, me emociona pensar en el siguiente sábado. 

domingo, 21 de septiembre de 2008

Me despierta el teléfono en la mañana, es mi hermano:

--Le robaron el carro a mi mamá, voy a llevarla a que haga la denuncia, llego tarde.
--¿Dónde o qué?
--Anoche, afuera de la iglesia.

Pienso en lo triste que debe de estar mi mamá. Sabemos que no volveremos a ver su carrito. Intento recordar algo: station wagon, Honda, color perdido, más verde que azul, ventanas oscuras. Mi media filiación automotriz no sirve, equivale a decir: estatura y complexión medianas, pelo castaño, ojos cafés, señas particulares: ninguna.

Cualquiera es así, todos somos así.


viernes, 19 de septiembre de 2008

Nuestra canción dura menos que mi cigarro.
-Eres una novela, Carlos.

-No, soy un ser humano, soy acuario, igual que Julio Verne, Albert Einstein, y Carl Sagan, también David Copperfield y Alejandra Guzmán, ella me cae bien porque está bien pinche loca la cabrona, ya ves todo lo que dicen de ella, yo también estoy bien loco. Soy el elegido por los dioses y estoy solo, no tengo a nadie, ni mascotas, nada. Al Fucker me lo atropellaron, era mi perro, o yo era de él, no sé, eramos amigos.

Me dejo la barba porque… ¿Tú crees que nomás me da la gana? Es rebeldía, compa. ¿Qué prefieres? Que me deje la barba o que te agarre a putazos? Tú elige, pero vas a estar madreado todo el día, cabrón.

Al negro lo descalabraron y salía la sangre, caía desde el segundo piso hasta la mesa de abajo, donde los gringos estaban tragando quesadillas, no mames.

Yo lo saco sin pedos, yo no lo madreo, lo saco sin tocarlo al culero, le hablo, le ofrezco y hasta me da sesenta dólares, lo saco de ahí con lógica y sicología barata, no hay pedo. Pues sí, mi sicología no me costó cara, pero a él sí le va a costar, pero de que lo saco lo saco.

Y yo acá, haciendo tabiques con las patas, moliendo el lodo y no mames, ya me corté las patas con un pedazo de obsidiana, tiene un chingo de filo y sale un chingo de sangre, no es un trabajo fácil. Está bien gacho este campo de concentración ¿Cuántos tabiques haces al día? Yo nunca había hecho tabiques… y no me digas chilango, culero. Yo soy capitalino, no tengo cara de chango y ¿el chile ancho? De eso hablamos luego, si quieres, pero ahorita no, porque hay una dama y a las damas se les respeta. Pero no me digas que los chilangos no sabemos trabajar en el campo, yo trabajo donde sea, aquí y en la Ford y sé manejar las armas que quieras, hasta tuve una bazooka un día pero me la decomisaron.

Cuando me agarran en parvadas grandes: --¿dónde está el globo buey?—no mames, yo no voy a mantener tu vicio, culero. Y me ponen unos putazos, me tienen en el suelo y yo así:
--pegas como niña, cabrón, de alguna manera tienes que desquitarte por la impotencia que traes con alguien culero, yo qué culpa tengo. Pero pégale más fuerte, que ya no siento nada.

Y ese policía al que le vendí el shampoo que traía el depilador, pues toda la familia sin cejas, pobrecitos parecían Aliens, y les pude haber puesto unas gotitas de esa madre en la mermelada que le vendí y eso que nomás comieron tantita, pero si se acaban el frasco, pues pobre familia.

Y ya me voy, ahora sí ¿vamos a hablar de física matemática nuclear?
En 2008 este espacio imaginario cambió, no sé qué le habrá pasado (o qué me habrá pasado): las crisis personales aunadas a las económicas y a las sociales. El matadero constante, contínuo, uniforme, el corazón apachurrado, la memoria y sus auxiliares.

Creo que este blog es un ejercicio de memoria, no sé si el Alzheimer's es hereditario pero por si mi abuela, este es mi disco duro externo.

martes, 16 de septiembre de 2008

Un video sobre el motín en la penitenciaría de Tijuana.

Domingo 14 de septiembre de 2008.

lunes, 15 de septiembre de 2008

"Arde la penitenciaría, hubo balazos".

Me dijo ayer la Miriam. Hoy me encuentro con las fotos, los heridos y los muertos en el periódico Frontera y la noticia en Enlace.

domingo, 14 de septiembre de 2008

martes, 9 de septiembre de 2008


La madre grita, la madre llora, la madre no sabe qué le pasa. La madre está profundamente cansada (y sí, la ene es una letra que a veces se come). La madre lleva a la hija con su madre (de La madre), llora mientras se reacomoda la cara y revisa que el rimel no esté demasiado corrido. Hace frío, se envuelve el cuello en una bufanda azul o verde, cualquiera de esos colores perdidos. Acelera tarde, recorre su carretera de lunes a jueves bajo la brisa helada del pacífico. Maneja en silencio, hace un par de llamadas, se va un poco chueca y encuentra el camino al colgar. Ventanas arriba, afuera huele a Playa.

Avena. La madre de La madre alimenta a la hija, es un momento cálido en el que las prisas no importan ni las crisis ni las menstruaciones. La madre, en su carrera, se siente de la chingada, después de todo no es tan buena madre como creía.

Los alumnos esperan frente al carrito de café, Ale llegó en sandalias, cual frío. La profe cuenta cabezas. Vámonos.

Hace tanto tiempo que no subimos a un camión. Ruta azul y blanco, hacia la calle segunda el paisaje recorrido es un collage ruinoso: montañas hundidas, casas a punto del derrumbe colgando de las laderas, baches anónimos. El aroma del camión es de gasolina y camas todavía calientitas. La emoción y la sonrisa al vernos transformados en pasajeros de autobús se contagia con la seriedad de los que van a trabajar. Hay silencio, nuestras caras imitan las expresiones ausentes del resto de los pasajeros. Saco la cámara, le tomo una foto a los dimples de Ale.

Bajamos en el centro que a las siete de la mañana es el vacío cubierto de mugre. Puertas cerradas, cortinas metálicas, gente apurada que baja de un taxi para subirse a otro. El centro es siempre un lugar de paso excepto para los que se envuelven en cobijitas o en cajas de cartón y hacen de la banqueta casa.

Caminamos por los huecos del mercado de brujería entre las figuras de la santa muerte y los amuletos de conejos degollados y de patas de cabra disecadas, las veladoras de colores y el olor dulce del incienso, la cera, los aceites densos, ocres, pesados. Un estrecho pasillo nos lleva a la salida, nos despiden los quesos de Oaxaca y el Cotija michoacano embarrado de cera roja, también ha un enorme bloque de chicharron prensado, dulces mexicanos. Las abejas todavía no se levantan, me pregunto cómo hace el dueño para mantener alejadas a las hormigas... Lo olvidaba, nunca he visto hormigueros en el centro.

Bajamos por la Revolución hacia la Zona Norte, viramos en el distrito rojo de Tijuana, pero antes: una foto.

Hay risas, los bares cerrados, algunos de los nocturnos caminan, se gritan cosas:

--Vete a tu calle o te voy a enfierrar hijo de tu puta madre.

Nos congelamos, las risas cesan, agradecemos que el hombre está tras la reja de un hotel. Volvemos a reir cuando estamos a veinte pasos del peligro:

--Que calladitos nos quedamos verdad?

Las paraditas en minifaldas rosas desayunan taquitos de birria, Nadie habia visto tantas plataformas transparentes en la calle a las 8 am.


Es el cumpleaños del señor Miranda, Violeta saca de su morral unos pinguinos y unos cerillos de papel, improvisa un pastel y pensamos en las mañanitas mientras el señor Miranda sopla los cerillos en la plaza de los mariachis, que esta mañana no tiene mariachis, son exactamente las 8:42 am.

Encontramos el camión de regreso a Playas de Tijuana. Nos acomodamos en las sillas de tapicería rasposita, sube al autobús un hombre que lleva un acordeón, imaginamos que tocará a Ramón Ayala, pero no. Nos canta La Bruja -Sin dedicatora-, luego toca un tango y al final una pieza del soundtrack de Amèlie. Se despide pidiéndo unas monedas, le regalamos un poco de dinero y el autoús se desliza entre las laderas desmoronadas, el chofer no presiona el acelerador, sólo permite que la inercia nos arrastre cuesta abajo.

(alumnos de la Universidad, propósito del paseo: escribir una crónica. Esto es mi tarea)


Para aquellos que anden por Ciudad Victoria.

domingo, 7 de septiembre de 2008

viernes, 5 de septiembre de 2008

¿Será posible confundir al retruécano con la onomatopeya?

Un borracho habla a gritos a lo lejos, el aire transporta su voz hasta mi ventana. (Me pregunto si también me llegará su aliento imperceptible ahora por la lejanía.) El hombre declara tener la razón, grita incontables veces: 

-Yo. Fíjate. No seas pendejo, es la espalda. Una. Chihuahua, ooooooh que la chingada. Chihuaha. Ooooooh, te digo que así es. Yo, Fíjate. Tengo miles.

I wish I could hear better.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Puede ser placentero meterse bajo la regadera a las cinco de la mañana; el letargo del cuerpo, los párpados raspando los ojos y esa  duda  absurda: serán lagañas o el síndrome de los ojos de alberca.

Agua caliente, bien caliente, más caliente ¿así? No. Más.

Un teléfono suena lejos, los gallos cantan. Claro, cómo no van a cantar si el sol sale y es su trabajo: hacerle escándalo.

El ombligo: se ahoga la única cicatríz que tengo de mi madre.

(qué payaso está eso que acabo de decir)

Quiero unas papas fritas y un croissant con cream cheese (no a la vez, nunca a la vez, no olvide usted que soy una mujer de alta moral y mezclar el aceite de las papas con la mantequilla del croissant y el colesterol del queso crema, no sólo es inmoral y grotesco, es obsceno).

Hoy aprendí a reconocer el sonido de una ardilla. La sinvergüenza nos espiaba desde el cerrito. Le tiré cuentas de madera, le dije que se callara:

--Cállate ardilla, deja de hacer ruido.
--Creo que la profe le está hablando a la ardilla...
--Y  también le tira cosas... deberíamos tirarle todos algo.

Voló la tapa de un jugo, la de una botella de agua, una manzana medio mordida, creo que también el empaque de unos tostitos. La lucha entre nosotros y ella nos haría perder varias piezas de artillería, pero el fuego cruzado la haría esconderse en el hoyo que le servirá de cueva-tunel-casa hasta la muerte.

Tengo mucho sueño, señoras y señores. Y ganas de decir palabras con ñ.

martes, 2 de septiembre de 2008


Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que llevan la cabeza rapada, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos, las que no saben cómo montárselo, ésas a las que los hombres no les hacen regalos, ésas que follarían con cualquiera que quisiera hacérselo con ellas, las más zorras, las putitas, las mujeres que siempre tienen el coño seco, las que tienen tripa, las que querrían ser hombres, las que se creen hombres, las que sueñan con ser actrices porno, a las que les dan igual los hombres pero a las que sus amigas interesan, las que tienen el culo gordo, las que tienen vello duro y negro que no se depilan, las mujeres brutales, ruidosas, las que lo rompen todo cuando pasan, a las que no les gustan las perfumerías, las que llevan los labios demasiado rojos, las que están demasiado mal hechas como para poder vestirse como perritas calentonas pero que se mueren de ganas, las que quieren vestirse como hombres y llevar barba por la calle, las que quieren enseñarlo todo, las que son púdicas porque están acomplejadas, las que no saben decir que no, a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo, las que están desgastadas, las que no tienen a nadie que las proteja excepto ellas mismas, las que no saben proteger, esas a las que sus hijos les dan igual, esas a las que les gusta beber en los bares hasta caerse al suelo, las que no saben guardar las apariencias; pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos. 

--Virginie Despentes, en Teoría King Kong.

(un libro que me trajo desde algún lugar de Madrid la infame Sayak Yetel, también conocida como la Maggie Valencia Triana. No presumiré la dedicatoria, pero rifa. Al leer a Virginie lo entiendo: pinche Maggie, qué bien me conoces.)


lunes, 1 de septiembre de 2008

Somos tan normales que no lo somos.

Hay un alter que se llama Conciencia, hay otro que se llama Ética, una a la que se le conoce como Doña Morales, y, pues, a veces todas ellas se pelean conmigo.

Tomorow I'll get up at five am and, by four o'clock pm, everything will be well.